El trabajo escultórico de Verónica Sahagún puede ser abordado desde muy distintas perspectivas: sus capas de significación se añaden una a otra en el tránsito de su contemplación. Como buscando mimetizarse con aquello a lo que alude, la forma desflora en pliegues y repliegues que se suman lenta, amorosamente. Las volutas sucesivas generan oquedades en que se deposita -como un secreto dicho al oído- la memoria reinventada: intención e intuición se entretejen para encarnar con firmeza en estos delicados objetos.
Su corporeidad se impone, pues no se conforman con existir sólo para la mirada: el olfato y el tacto entran en juego como factores fundamentales para completar la experiencia total de la obra. La elección de los materiales (elementales, discretos, comúnmente ignorados) nos hablan ya del espíritu con que este universo ha sido creado: sin aspavientos, devienen en vehículo de mensajes no por sutiles menos poderosos.
La seducción es el artificio primero con que la artista nos acerca a su trabajo.
La calidez de la cera, la sedosidad de algunas telas, la generación lenta de situaciones cromáticas peculiares; el armonioso acomodo de una cosa junto a la otra, las esencias que se desdoblan al arrimo... nos atrapan con disfrazada inocencia en un deleite sensual que fuerza a la permanencia. Somos, pues, graciosamente manipulados a través de nuestro propio deseo. Una vez asegurado nuestro abandono en este útero, las pequeñas criaturas -torcidas sobre sus propios cuerpos- desechan su candor para ir secretando, de a poco, sus hondos significados. Matrimonios improbables conforman vínculos -nacimiento y putrefacción, vulnerabilidad y coraje, epidermis y vísceras- para articular metáforas que nos devuelvan a la violencia y la ternura de los estados más primigenios.
No es éste, pues, un trabajo para espectadores impacientes: de manera callada, sin urgencia, va destilando sus asuntos por goteo –densa y luminosamente, como la miel.
Cecilia Vázquez